María Dolores de Cospedal y tal y cual se paseó por mi calle. En carne mortal. La mujer que cobra más de 200.000 euros al año ha venido a Gijón a restañar las heridas que han dejado el señor Cascos y su caballo de Atila preelectoral. Falta hará que alguien le tape las pupas las PP. El PSOE ya le ha puesto la venda antes de padecer la herida trayendo de paseo por Asturias al señor Rubalcaba, el ministro poligestual, polifacético y polinómico. Nadie como don Alfredo para saber lo que se desangra un partido cuando padece anemia de votantes. Y es que la campaña que se avecina en Asturias va a dejar el suelo de los colegios electorales como quedan los quirófanos de campaña en medio de las peores batallas militares: llenos de sangre y arena. Van a ser unas elecciones similares a una corrida de toros: sangre y arena. Los diestros menores, los que lidian a los sobreros, ya se están ajustando la montera y la taleguilla de manera ortodoxa, según mandan los cánones, pero con poca emoción. Los cabezas de cartel vienen por aquí a hacer un paseíllo rutinario de semana en semana, para animar el cotarro y poco más. Paseíllos que no pasan de eso. Los aficionados se reparten con desgana entre los tendidos de sol y sombra, poco atentos aún a las faenas, más preocupados por el precio de la gasolina y no acabar en la cola del paro. Pero nada. Ni Rubalcaba, ni Cospedal emocionan al respetable. Por ahora, el único que anima la lidia es un diestro veterano llamado Cascos, Francisco Matacarteles, que se ha lanzado al ruedo de manera inesperada y tremendista, sorprendiendo a quienes pensaban que se había cortado la coleta y devolviendo al viejo arte de D’Hont su emoción de otros tiempos. La lidia de mayo se presenta emocionante. A ver quién se lleva las dos orejas. Y el rabo.