“En el mundo actual, se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres, que en la cura del Alzheimer. De aquí a algunos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para que sirven”. Para quienes saben de mi natural vulgaridad y la censuran de manera habitual, me apresuro a aclarar que esta frase entrecomillada no es de un servidor, sino de Drauzio Varella, oncólogo y divulgador brasileño a quien se ha llegado a atribuir el Nobel de Medicina, un premio que, al parecer, nunca ha ganado. No obstante, puede que lo mereciera alguien de mente tan clara y con capacidad para explicar de manera tan gráfica lo que está pasando en esta civilización de teta y culo, en la que el disco duro de la memoria guardia más espacio para Belén Esteban que para Drauzio Varella, y en la que, por desgracia, es más complicado que se nos pongan duras las neuronas que las testosteronas.
Pero lo que pasa es que tal vez prefiramos ser una humanidad de gente con muchas tetas y poca memoria. El futuro que se avecina recomienda tomar medidas en esta dirección, ya que tener memoria va a ser, es ya, una tortura terrible. Tener tetas, en cambio, puede aumentar el poder salvador del airbag. Algo es algo. Hay mañanas en las que a mí mismo me gustaría no acordarme de lo que pasó ayer, ni tampoco de lo que pasará mañana. Todo está fláccido en un servidor, excepto la memoria, ágil, despierta y repetidora como un martillo. El futuro viene siendo desde hace años una repetición empeorada del pasado, con lo que todo suena a “dejá vu”, a recuerdo repetido. La memoria en plena forma nos tortura mientras el cuerpo se desmorona. Unas tetas nuevas o un pene de repuesto son mucho mejores que una memoria excelente. Viva a la amnesia.