Han dicho el Papa y el arzobispo de Oviedo (por ese orden) que el hogar es un sitio muy adecuado para el desarrollo personal la mujer. Esta noticia, nada sorprendente por lo demás, guarda un extraño paralelismo con otra del mismo periódico en la que se explica que andan unos biólogos buscando la manera de recrear en cautividad todo el ciclo vital del pulpo. O sea, hacer pulpofactorías para fabricar cefalópodos desde el huevo originario hasta el fin de su vida en un plato con cachelos y amortajado con pimentón.
O sea, se trata de conseguir que el pulpo sea tan doméstico como la mujer, que se desarrolle en el acuario y sólo en el acuario, como ellas lo hacen en el hogar y sólo en el hogar según recomiendan la Santa sede y sus sucursales autorizadas. Recordemos que, al fin y al cabo, el pulpo Paul llegó a ser toda una estrella de mar y de tierra sin salir de la pecera, y todo por tener la insólita habilidad de acertar a las quinielas. ¿Por qué nuestras madres, hermanas, novias y mujeres no han de conseguir la misma notoriedad social desde el interior del hogar? Además, es más fácil quebrar una pata de la mujer que las ocho patas de un pulpo.
Pulpos en cautividad por razones científicas, mujeres en cautividad por razones teológicas; los biólogos experimentan con unos y cierta parte de la Iglesia lo quiere hacer con las otras. No en vano la Iglesia lleva muchos años sintiéndose ante la mujer igual que un pulpo en un garaje: no sabe qué hacer con ellas. La conclusión es obvia: que se queden en casa que allí hay de todo. Y que nos preparen una de pulpo.